22 jul. 2015

El pasado es solo memoria hasta que te saluda en un restaurante...

Porque... qué hacía yo en un restaurante en primer lugar? Bueno, comprando un café...

Mi pasado está lleno de nombres, de gente a quienes he tirado por las escaleras. No literalmente.

A éste caído lo conocí, de hecho, pidiendo un café. Había conseguido trabajo en una área exclusiva de la ciudad y cuando me comunicaron el precio la boca se me hizo un cero. El se acercó amablemente, pagó y me acompañó a caminar por la calle hasta mi parada del autobús, mientras me halagaba por mi atuendo todo blanco. Juntos, nos asaltó la risa cuando derramé un poco de café mi la falda.

Con verlo una vez capturé cada detalle que pude de su anatomía, como la punta de su nariz o el tono exacto de marrón de sus ojos. Tanto que la siguiente vez que lo vi (nuestra segunda primera cita) se me hizo imposible negarme a estrechar su mano mientras me arrastraba debajo de sus sabanas, suaves como la crema.

La siguiente mañana tomé un curso intensivo sobre su vida: sentada en la mesa de tope de vidrio, transparentando el piso de ladrillo. Su nueva vida como padre soltero, me la contó mientras agregaba azucar a mi café de la mañana. Esa tarde me fui a mi casa con sus llaves y sus besos y su miedo de no volver a verme. Y yo le dejé los besos míos y mi promesa de quererlo para siempre como lo quise ese día.

Todo esto fue solo memoria, hasta que la memoria me saludó en un restaurante 6 años después. Aún sosteniendo un café aunque esta vez sí puedo pagarlo. Visto diferente a esas prendas maravillosas de aquel primer día, simples jeans y un t-shirt con la palabra "Curvas" deletreado en flores. -No me podría olvidar nunca de tu nombre o de tu cara- le respondí cuando preguntó si lo recordaba. Podemos hablar? siguió preguntando- Cómo ha estado todo? Mantengamos contacto, dijo al final, cuando su telefono timbró y me avisó que tenía que irse.

Un mes después de conocernos yo ya no lo conocía. Su forma de sujetarme por el brazo que me recordaba un perro en una correa, su insistencia en que renunciara yo a mi vida y me concentrara en su apartamento como la bailarina de una caja de musica. Los miedos que me asaltaban durmiendo sola en su casa mientras él trabajaba salvando vidas. La ansiedad que se despegaba de las paredes y me golpeaba con fuerza, cuando por fin llegaba, demasiado exausto para quererme antes de que empezara mi jornada.

Lo hicimos todo en 30 días. Conocernos, amarnos, ser una pareja feliz y luego detestarnos. Para él yo era un pájaro que se negaba a permanecer enjaulado y yo nunca necesité la jaula.

Mientras intercambiabamos telefonos me comporté como si ya fuera pasado, como si todo fuera un recuerdo. Uno de historias que nacen y mueren con café y que no se supone que deban repetirse...

1 comentario:

Maggie dijo...

Linda entrada. De algún modo, siento una tranquila nostalgia que no es mía y que puedo ver mientras se aleja...